—¿Te encuentras bien? —pregunta Alan, que también se ha
puesto de pie y se dirige al sofá en el que Paula está sentada.
—Perfectamente. Nunca he estado mejor.
—Ya.
El chico se sienta a su lado y se le queda mirando a los ojos.
Luego sonríe.
— Y tú, ¿qué miras?
—A ti. Me gustas.
—¡Qué dices! ¡Estás fatal, muchacho!
—¿Qué pasa? Habrá millones de tíos a los que les gustas.
—Psss.
Paula comienza a sentirse peor. Cierra los ojos. Todo le da
vueltas. Pero los vuelve a abrir de golpe, cuando nota el aliento
de Alan demasiado cerca.
—¡Hey, tú, franchute!, ¿qué haces?
—Nada —responde con una sonrisa.
Sus bocas están muy cerca. Excesivamente cerca.
—Mira, tío... No... pienso hacer... nada contigo —tartamudea.
—¿No? ¿Ni un beso?
—¿Estás mal de la cabeza?
—¿Me creerías si te digo que me he enamorado de ti?
Paula suelta una carcajada. ¿Qué está diciéndole? ¿Habla de
amor? Vuelve a cerrar los ojos. Y los abre otra vez repentinamente.
—¿Qué quieres, francesito?
—A ti. Pasar la noche contigo.
—¡Ja!
—¿No te apetece?
La chica no responde. ¿Por qué se siente cada vez más débil?
Las piernas le flaquean y los párpados le pesan muchísimo. De
nuevo cierra los ojos, pero esta vez no los abre a continuación.
—¿Paula?
—¿Qué?
—¿Puedo besarte?
Pero esta no responde. Se echa hacia atrás. Su cuello se vence
hacia un lado. Alan recoge su cabeza con una mano y la besa. Al
principio, ella no responde. Simplemente, se deja hacer. Nota
los mojados labios del chico en su boca. Sabe a champán. Y de-
cide inconscientemente seguir el juego. Nota su lengua dentro,
cómo roza con la suya. Percibe sus manos, cálidas, explorando
bajo su camiseta.
—¿Qué..., qué haces..., Alan? —pregunta, sin abrir los ojos.
—Nada. —Y le da un beso en el escote—. No hago nada.
Los besos van y vienen por todas partes.
A Paula su cuerpo cada vez le pesa más. Y la cabeza no para
de darle vueltas. No sabe muy bien qué está pasando. Cada
vez le cuesta más permanecer consciente. Pero ¿lo está? ¿Está
consciente?
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